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La Coctelera

Categoría: católicos

Por qué creo en Dios

Por qué creo en Dios

Hoy es difícil encontrar noticias de Dios. Se le considera ausente, cuando no muerto. De la Iglesia es más fácil saber cosas, casi siempre negativas o resaltando los aspectos más controvertidos de su actuación. Bien es verdad que se confunde a la Iglesia con la jerarquía eclesiástica pero a eso ya estamos acostumbrados. Sin embargo de la verdadera historia de la Iglesia conocemos muy poco. La historia de la Iglesia es la historia de la Santidad, la santidad de sus miembros. Hay muchos santos y santas en las calles de nuestras ciudades, en los barrios humildes donde la vida no es tranquila sino dura y difícil. Barrios y calles de gente humilde, de gente pobre, de gente acogedora, que se reúnen en comunidades intentando vivir de acuerdo con los valores evangélicos: humanismo, generosidad, solidaridad entre otros muchos. Estos santos y santas son los testigos eficaces de Dios. Del Dios al que se le encuentra siempre ¡buscándole!
La fe siempre ha recibido algo, un ambiente, un ejemplo, el testimonio de unos amigos, de unos familiares. Por eso creo en Dios y le busco.

silencio y amor

Jesús dijo: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12).
Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen.
Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos.
Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional.
De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.

Haz lo que yo diga pero no lo que yo haga

Creo que va siendo hora que la jerarquía eclesiastica española tome cartas en la COPE y de un golpe de timón para que dicha emisora sea reflejo del sentir cristiano y no mera repitición de las consignas de un determinado partido politico y sea usada por determinados tertulianos que no se dedican a predicar precisamente el evangelio, sino más bien todo lo contrario.
Os dejo un comentario escrito por Luis del Olmo.

Cualquier ciudadano tiene el derecho de estar en desacuerdo con que la Universidad Autónoma de Madrid haya investido como doctor honoris causa al veterano político y ex secretario general del PCE Santiago Carrillo.

Unos pueden estar en desacuerdo porque consideren que en Carrillo no se dén los méritos necesarios que le hagan merecedor de esa alta distinción académica; otros pueden opinar que en la biografía de Santiago Carrillo hay historiadores que le atribuyen responsabilidad en la horrible matanza de Paracuellos del Jarama, mientras que otros historiadores mantienen que fue personalmente ajeno a aquella barbaridad; y, en fin, habrá quiénes digan que Carrillo hizo una gran contribución a la Transición española hacia la democracia y otros que mantengan que esa contribución fue poco relevante o innecesaria...

Son asuntos de opinión que merecen, cualquiera de ellos, todos los respetos. Lo que llama la atención, sin embargo, es que desde la cadena de emisoras de la que es titular la Conferencia Episcopal Española (es decir: los supuestos predicadores de la paz, el perdón y de la fraternidad entre los seres humanos) se aproveche ese doctorado honoris causa para desenterrar el hacha de la guerra civil, el tono cainita de las dos Españas, y la crónica truculenta de unos sucesos de hace setenta años, por lo que todos los españoles ya nos hemos perdonado y hemos decidido, ¿de común acuerdo?, pasar página.

Predicar, como predicó el vocero radiofónico de los obispos, Federico Jiménez Losantos, el pasado viernes, que --y son palabras textuales-- "ametrallar a niños de 14 años con sus padres, con sus abuelos... esas son las hazañas de Santiago Carrillo"... es tan fuera de lugar que no hace más que convertir a los señores obispos en sembradores del odio, en palmeros de unas peligrosas fantasías quizá nostálgicos para ellos, y, a fin de cuentas, en todo lo contrario de lo que es una labor de paz, de caridad y de tolerancia.

No sabemos si con éso la COPE gana oyentes o anunciantes... pero lo que pierden los obispos es dignidad.

Y, amigos, esta no es una defensa de Santiago Carrillo. Ni una defensa ni un ataque. Esta es la crónica objetiva, real, comprobada, grabada en los archivos de la palabra reciente... la crónica de que quienes con una mano ordenan "poner la otra mejilla", con la otra parecen hacer todo lo posible para resucitar la agresividad y el odio de aquellos años en que éllos, la Iglesia, paseaban a Franco bajo palio.

En la Conferencia Episcopal, propietaria de la COPE, ya no manda oficialmente Rouco, sino que está al frente el obispo Blázquez. Pero el discurso del pequeño talibán de sacristía sigue siendo, según me cuentan, el mismo. O , cada día que pasa, peor.

No nos extraña que algunos obispos digan en privado que sienten vergüenza.

Menos mal. Será que han leído el Evangelio.

Empieza a correr un ligero vientecillo

Los obispos están reunidos en Roma. Asistimos a cosas que nadie hubiese imaginado hace muy poco tiempo. La colegialidad de la que siempre se ha hablado parece que está en marcha. Los miembros del Sínodo están comentando en voz alta entre todos los diferentes problemas de la Iglesia, aunque en principio sólo los relacionados con la Eucaristía.

Pero se han manifestado y se ha hablado de: la ordenación de hombres casados, de los divorciados que se vuelven a casar, de aquellos creyentes que votan a partidos abortistas, de la comunión en la mano, de tener presente las diferencias culturales, de tener la conciencia de que la Eucaristía es un banquete y una comida, de las crisis de sacerdotes, de los matrimonios mixtos, etc.

Es difícil esperar que los resultados sean espectaculares, no olvidemos la elevada edad media de los padres sinodales, pero hay diálogo, y además se comunica a la prensa las intervenciones de los participantes. Pienso que es un paso importantísimo hacia delante que debe ser valorado en su justo termino.

Empieza a correr un ligero viento de cambio

¿A qué juega la Iglesia Española?

Todos somos conscientes de que las relaciones entre la iglesia española y las autoridades no pasan por buen momento. Son muchas las divergencias y no es mi deseo entrar ahora a discutirlas. Pero si quiero manifestar mi desagrado por la actuación de la jerarquía eclesiástica como propietaria de la cadena COPE. Desde aquí se ha empezado a atacar al rey, llamándole el ausente, invitándole a que se manifieste en contra de la decisión del parlamento catalán, sin olvidar algunas otras lindezas.
Los periodistas y comentaristas de esta emisora parecen olvidar cual es el papel del rey. El que dice la constitución, esa es su conducta y no debe ni puede decir nada que no esté en ella. Pienso, en mi modesta opinión, que nuestro sistema político se resquebrajaría si el rey hablase o manifestase algo en contra de un proyecto que por ahora no se ha salido de la legalidad, mal que le pese a determinados sectores políticos, periodísticos o eclesiásticos. Podrá gustar, podremos estas o no de acuerdo con él, pero habrá que seguir sus pasos y si no es legal no creo que el parlamento español le de el visto bueno.

Por eso me hago las siguientes preguntas: ¿qué busca la COPE cuando ataca al rey? ¿Se da cuenta de que está pidiendo al rey, desde sus micrófonos, que se exceda en sus funciones? ¿Qué esta intentando enfrentarlo al Parlamento Catalán? ¿Es la Conferencia Episcopal consciente del uso que determinados periodistas y contertulianos hacen de sus micrófonos? ¿Es ella de la misma opinión? ¿Piensa adoptar medidas? ¿O está intentando presionar al gobierno para obtener otras cosas en otros apartados?

Realmente no me gusta la actuación de la jerarquía eclesiástica en estos momentos.

Y lo que vino fue la iglesia

La iglesia es una gran institución que nos puede y con la que no sabemos qué hacer, es nuestra madre, pero que actúa como madrastra. Una institución de la que muchos pensamos no ha estado a lo largo de la historia a la altura del evangelio.

No podemos afirmar hoy que la iglesia sea una ni en creencias ni en vivencias. El pueblo llano, los sacerdotes, los religiosos, los teólogos, la jerarquía, cuando dicen tener fe, ¿profesan la misma fe en la vida de cada día? Los kikos, el opus, la acción católica, los cursillos de cristiandad, comunión y liberación, las cofradías, las comunidades de base, los movimientos especializados, los seglares, los cristianos por libres, que haberlos ahílos –como las brujas- ¿Creen todos en el mismo Jesús? ¿O hay entre ellos enormes diferencias?

De la lectura de los evangelios podemos decidir una iglesia plural, con un referente originario: Jesús, pero al mismo tiempo los destinatarios y el mensaje están continuamente adaptados a las nuevas circunstancias de tiempo y lugar.
Ya desde los inicios se habla de las comunidades de Marcos, de Mateo, de Pablo, etc. Cada una con sus características peculiares en creencias y modos de actuar.

A pesar de todo debemos de permanecer en la iglesia, potenciando lo bueno que tiene, que es mucho, y también disintiendo en público o en privado cuando nos de la sensación de que no actúa evangélicamente, y conviviendo con ella mientras esperamos el nacimiento de otra iglesia capaz de llevar a la comunidad a la plena realización del ser humano.

Usa los dones que Dios te da

El periódico estadounidense National Catholic Reporter publicó la “última voluntad” de Monseñor John Egan, este es un pequeño resumen de la misma.

“En estos momentos de mi vida, miro a la Iglesia y me siento turbado. Veo una gran incongruencia y siento la necesidad de hablar de ello. ¿Por qué no estamos explotando en su plenitud los dones y talentos de las mujeres? Ellas constituyen la mayor parte de los fieles de nuestras comunidades...

La posición de las mujeres en la sociedad ha cambiado radicalmente. Hoy en día presiden sus propias compañías, administran hospitales, son presidentes de naciones. Sin embargo, en mi Iglesia cuando más se las necesita, las mujeres están ausentes de puestos donde podrían dar una aportación importante. Yo pienso que la Iglesia tendría que considerar seriamente la ordenación de mujeres (y por supuesto, hombres casados) como sacerdotes.

En la Iglesia primitiva las mujeres servían como diaconisas y hasta es posible que haya evidencias de que presidían lo que ahora llamamos celebración de la Misa. La tradición no se para en un determinado momento de la historia; también abarca el momento presente. Y nosotros tenemos la suerte de vivir en una época de igualdad entre el hombre y la mujer.

Hoy tengo que pedirle a nuestra Iglesia que abra sus ojos y que levante su voz a favor de otra clase de justicia: su compromiso para una mayor inclusión de las mujeres en puestos claves de liderazgo y responsabilidad.

La Iglesia tiene la obligación de servirse de todos los dones que Dios le ha dado para cumplir su misión.

¿Habla Dios?

Cada domingo millones de cristianos en todo el mundo escuchan la lectura de unos textos. Al final, el lector o lectora dice: “Palabra de Dios”. Acaban de oír textos sagrados que se remontan a dos o tres mil años. Dios, allá lejos en el tiempo, ha hablado.

Cuando la Biblia se estudia más de cerca, se aprende que Dios ha hablado en ocasiones concretas, a quienes ha querido y diciendo lo que ha querido. Es muy dueño de revelar, cuando, cuanto y como quiere. Además esto sólo sucedía en Israel. Los demás vivían en un estado de “religión natural” producto de su razón, búsqueda a tientas del Dios que había hablado en otro tiempo y en otro lugar, con la esperanza de que un día su revelación les llegara también a ellos.

Dicho así, de manera esquemática, pero cierta, a nosotros se nos antoja chocante e inaceptable.

Inaceptable por Dios mismo. Resulta incomprensible que cree a los hombres pero hable sólo a unos pocos. ¿Por qué a unos si y a otros no? ¿por qué no decirlo todo de una vez o cuanto antes? ¿cómo pudo decir que había que pasar a cuchillo a ciudades enteras, o que iba a mandar la peste sobre el pueblo porque el rey había pecado o que castiga la culpa de los padres en los hijos hasta la cuarta generación?

Resulta doloroso e irritante escuchar estas cosas. El único camino que nos queda es revisar nuestras ideas sobre la revelación y preguntarnos qué queremos decir cuando proclamamos que un texto determinado es “palabra de Dios”