Los cristianos se han ocupado más del sufrimiento que de la alegría. Se han preocupado más por las situaciones duras y costosas de la vida que por las que proporcionan felicidad, bienestar y satisfacción. Generalizando podemos afirmar que les ha interesado más la muerte que la vida. Se da la impresión de que la vida que interesa es la “otra” vida y no “esta” vida. En las iglesias se habla con frecuencia de la renuncia al placer, las mortificaciones del bienestar, la austeridad, la mortificación, el aguante y la resignación mientras que apenas se escucha algo que impulse a la gente a procurar ser felices, gozar de todo lo bueno que Dios ha puesto en el mundo y en la vida, disfrutar de lo placentero, lo sensible, lo corporal. El discurso religioso produce respeto, impresión o disgusto, pero casi nunca alegría satisfacción y bienestar. Por eso no nos puede extrañar que cuando se trata de pasarlo bien, lo que menos se le ocurre a la gente es meterse en una iglesia o entrar en un convento. Da la sensación de que Dios y la religión están en las antípodas de la alegría.
¿Por qué pasa esto?