El drama humano que se vive en las fronteras de España con Marruecos presenta algunas de las historias más escalofriantes de los últimos tiempos. Por un lado están las personas que buscan un futuro mejor y se arriesgan, con mil penalidades, por alcanzar una meta que creen será su tierra prometida. No han elegido las circunstancias en las que han nacido, igual que nosotros, privilegiados, no hemos elegido las nuestras. Ellos, en su necesidad, se lanzan a la desesperada porque “no tienen nada que perder”.
Por otro lado está un país de origen o de paso para muchos de los inmigrantes, Marruecos, que ajeno a todo respeto a los derechos humanos, aprovecha y utiliza la desesperación de los pobres en su beneficio. Junto a las mafias y los poderes marroquíes, las mafias españolas también trafican con su dolor. Está España, que desde Ceuta y Melilla recibe una presión insoportable de muy difícil solución. Junto al derecho y al deber de mantener la legalidad, se enfrenta a una atención humanitaria que desborda las posibilidades y puede alcanzar límites inatendibles. Es imprescindible atacar la pobreza a nivel mundial favoreciendo el desarrollo en los países en su origen. Pero a los seres humanos concretos que sufren hoy, no les vale esa respuesta para mañana. Necesitan hoy mismo atención. Tendríamos nosotros que preguntarnos lo que significa en esa situación concreta da a Dios lo que es de Dios.

Devolver a Dios las cosas de Dios, supone reconocer que sólo Él es el Señor. Pero supone devolverle también las cosas de los hombres: la justicia y la fraternidad.