Jesús dijo: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12).
Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen.
Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos.
Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional.
De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.

Dios no está en el cielo, ni en el infierno, sino en cada uno de nosotros
El silencio... cuando logro hacer silencio dentro mio, me descubro de otra manera, siento que hay profundidad.